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EXTENSION DE LA CONGREGACION
Y VIAJES DEL FUNDADOR
Los primeros años del siglo XX, en
Francia, están marcados por una política anticlerical que llegará a la
expulsión de los religiosos y a la expoliación de sus bienes para desembocar,
en 1905, en la ley de separación entre Iglesia y Estado.
Desde 1901, las congregaciones que
no dejan el territorio, tienen obligación de pedir una autorización de
residencia, como si fueran extranjeros. Dehon se somete a esta exigencia
humillante. Política absurda que divide a los franceses. En las elecciones de
1902, se produce una recuperación de las derechas; sin embargo esto no impide
la victoria del bloque de las izquierdas. Con la llegada, como jefe de
gobierno, del antiguo seminarista Emilio Combes, asistimos a un “anticlericalismo
de Estado”, según la fórmula de un historiador. Las escuelas de las
congregaciones son cerradas, los pedidos de autorización de residencia son
rechazados en bloque, con excepción de cinco institutos, misioneros en su
mayoría. La congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón es alcanzada por
esta política. La obra del P. Dehon, en San Quintín, está en peligro. Mientras
tanto, algunos religiosos, para escapar a la expulsión, piden entrar en el
clero diocesano como lo hará el superior dehoniano de San Juan. El fundador
está conmovido por este comportamiento.
Para mí, escribe, era aún una fase
de Consummatum est. San Juan había
sido la cuna de la obra; yo había vivido allí 20 años y después de 24 años San
Juan era secularizado a la espera tal vez de su clausura. Era una herida que no
debía cerrarse y que debía causarme algunas noches de insomnio.
Durante la espera, el P. Dehon se
prepara para el exilio. Numerosos amigos le ofrecen sus servicios para
ayudarlo, para defender su causa, como los diputados Gayraud, Grousseau o de
Mun. Numerosos obispos le escriben para señalarle su solidaridad. También L'osservatore romano, el diario del
Vaticano, publica, el 18 de mayo de 1903, un artículo titulado: “Las víctimas
de Combes: el P. Dehon y los suyos”.
Para asegurar el futuro, desde 1902
el P. Dehon toma todas las medidas a fin de instalarse en Bruselas, sin
abandonar, por el momento, San Quintín. Irá y vendrá entre las dos ciudades,
felizmente no demasiado lejanas la una de la otra. Pues Dehon ha decidido
resistir e intentar un proceso contra la decisión de dispersión del gobierno.
Se despierta en él el jurista. “Protesto y conservaré la protesta hasta la
cárcel si fuera necesario”, proclama.
Su argumentación descansa sobre el
hecho de que su congregación no está definitivamente reconocida. Ella no es
sino una congregación “en estado de preparación”, dirá: no se puede, pues,
disolver lo que no existe. En la lógica de esta argumentación hace pedido de
autorización para una nueva congregación. Empieza, entonces, un largo
enjuiciamiento en el curso del cual el antiguo abogado pleitea, recordando los
Derechos del hombre y el hecho de que nadie puede ser hostigado por sus ideas
religiosas. El tribunal de San Quintín queda impresionado por las palabras de
este gran anciano intransigente. Por otro lado, el P. Dehon lleva adelante, en
la ciudad, una verdadera campaña de prensa con folletos y carteles
publicitarios en los cuales recuerda sus derechos.
Por supuesto, Dehon perderá su
proceso. La casa del Sagrado Corazón es incautada en tanto bien congregacional;
le dejan las dependencias. “Esto será Nazaret” comenta el P. Dehon. Pero la
campaña de explicaciones en la ciudad de San Quintín ha dado sus frutos. En el
momento de la venta de la casa, ningún comprador se presenta y Dehon puede
rescatarla a un precio moderado. Es verdad que en el ínterin la casa se había
deteriorado seriamente.
Durante este período difícil, el P.
Dehon está casi solo en San Quintín. No queda más que el P. Blancal, el
oponente de siempre, que está demasiado enfermo para ser trasladado. En su
bondad, el P. Dehon lo cuida y lo prepara para morir. Cuando había sufrido
tanto a causa de sus intrigas que llegaron hasta fomentar la escisión, en sus
notas habla del “buen Padre Blancal”, que cuenta entre los “buenos fundamentos”
de la obra; testimonio elocuente de la grandeza de alma del fundador.
Aunque el proceso lo tiene ocupado,
el P. Dehon dispone de tiempo libre. Sufre porque se siente ocioso en San
Quintín. Sus libros, sus notas, sus archivos han sido llevados a Bruselas.
Entonces, nos confía, para relajarse y realizar ejercicios, corta leña “una
hora por día”, lo que hace bien, precisa él mismo.
El exilio
Una de las primeras consecuencias
de la política antirreligiosa será, en diciembre de 1903, la suspensión de la
revista El Reino del Corazón de Jesús en
las almas y en las sociedades. El P. Dehon está demasiado solo en San
Quintín y le parece impensable dirigir la revista desde Bruselas. Por otro
lado, la obra dehoniana deja Francia, pero no está decapitada, porque ya está
bien implantada en el extranjero, donde prospera en una veintena de
comunidades.
En 1906, las estadísticas nos
anuncian 300 religiosos. Pero es verdad que la congregación dehoniana, de
origen francés, se aleja del país por el cual ha trabajado tanto en vistas a su
renovación cristiana. Este exilio será uno de los grandes sufrimientos de su
vejez. Cuando las políticas cambien, la congregación tendrá dificultades para
reimplantarse en lo que fue su tierra de origen. Y, hecho más paradójico aún,
el P. Dehon, cuya notoriedad y autoridad conocemos, va a desaparecer
progresivamente de la conciencia de esta Iglesia de Francia, hasta llegar a ser
un gran olvidado de su historia: suerte injusta para esta bella figura que la
ha servido tan inteligente y apasionadamente.
Después de 1905 el P. Dehon realiza
aún estadías regulares en San Quintín, en la casa del Sagrado Corazón
reacondicionada. Pero es desde Bruselas desde donde dirige la congregación que
se extiende en el extranjero. Por otro lado, sigue realizando grandes estancias
cada año en Roma. Allí organizará encuentros sociales internacionales, sobre
todo con la guía de los católicos sociales italianos, José Toniolo, su amigo.
Será éste quien prologará las traducciones italianas de las obras de Dehon.
El 21 de febrero de 1904, el P.
Dehon tiene la dicha de disfrutar de su primera audiencia con Pío X, elegido
Papa el 4 de agosto del año anterior. Le habla largamente de la situación de
Francia y de su congregación que quisiera ver reconocida definitivamente. El
Papa lo estimula a emprender los pasos necesarios con vistas a obtener tal
reconocimiento. El P. Dehon reúne las cartas episcopales favorables. Pero su
pedido no adelanta, porque el Santo Oficio, que ha vuelto a abrir el informe,
emite objeciones. Es entonces cuando el cardenal Rampolla, un viejo amigo del
P. Dehon, en quienes muchos veían el sucesor de León XIII, le recomienda que se
dirija directamente al Papa.
En audiencia del 14 de febrero de
1906, el fundador presenta detalladamente su demanda. El Santo Padre lo escucha
atentamente y le promete hablar personalmente con el asesor del Santo Oficio.
El Papa, pues, lo apoya y, de hecho, los asuntos se arreglarán rápidamente,
puesto que en una nueva audiencia, el 9 de abril, el P. Dehon puede agradecer a
Pío X su intervención. La aprobación definitiva de la congregación se realizará
el 4 de julio de 1906. El fundador escribe en sus anotaciones esta frase
simple: “¡Nuestro Señor es bueno al aceptarnos no obstante tantos años de
debilidades y de miserias!”.
Los últimos seis meses del año son
aprovechados en un largo viaje a Brasil, donde visita a sus religiosos que
están allí desde 1893; lleva consigo a cuatro jóvenes misioneros alemanes
porque procura extender su congregación. De Brasil se dirige luego a Uruguay y
a la Argentina. Este viaje del fundador será espiritualmente fecundo; unos cien
años después de la llegada de los primeros religiosos dehonianos, habrá más de
400 discípulos en América Latina. Como es su costumbre, León Dehon observa y
toma notas. En 1908 publicará el relato de este viaje con el título Mil leguas en América del Sur.
Apenas regresado, en enero de 1907,
de este largo periplo, viaja a Roma para trabajar a fin de fundar la
congregación en Italia. En efecto, con excepción de Roma, en ese año se abrirá
en Italia, la primera comunidad, en la diócesis de Bérgamo. Además de las
visitas protocolares necesarias que debe realizar por el gobierno de su
instituto, el P. Dehon lee y escribe mucho. Provoca también encuentros y conferencias,
jugando un poco el rol de mentor para los no-romanos. Así, en febrero, organiza
una conferencia de Marcos Sangnier sobre el papel social de la Iglesia. El
mismo P. Dehon hace la presentación del fundador de Sillon delante del público
romano para atenuar las sospechas que empezaban a pesar sobre él.
León Dehon brinda públicamente su
apoyo al orador que, según la opinión de su presentador, “tiene dos grandes
amores: el de Cristo y el del pueblo”. Parecería verse allí un autorretrato de
Dehon hecho por él mismo. Acto valeroso y altamente simbólico de una gran
fidelidad a una idea fuerza; es decir, al lazo natural entre la Iglesia y el
pueblo, idea que rechazan los conservadores e inquieta a la jerarquía católica.
León Dehon, conforme a su manera de actuar, sugiere a Sangnier que acuda al
Papa frente a las críticas que minan la credibilidad del Sillon. Por su parte,
el P. Dehon con León Harmel, defiende la empresa y el proyecto de Marcos
Sangnier. Pero la Roma de Pío X no es la de León XIII. En 1910 Sillon es
condenado.
El fundador consagra una parte del
año a visitar las comunidades que se fortalecen, y trabaja, al mismo tiempo, en
nuevos proyectos de fundación. Este viaje será, según una costumbre ya
arraigada, un pretexto para hacer un poco de turismo porque, en Dehon, lo
cultural nunca es olvidado.
A la ida visita Prusia y Dinamarca;
la vuelta se realizará por San Petersburgo, Moscú, Cracovia y Praga. Para este
viaje en tierra luterana, el P. Dehon tuvo que cambiar, sin excesivos
escrúpulos, “su querida sotana” por el clergyman. Y en sus anotaciones agrega
esta observación significativa en lo que se refiere a las evoluciones y
cambios: “Tal vez lo usaremos pronto en Francia”. Al regreso de Finlandia, da
cuenta de su viaje a su consejo, que decide una fundación en Helsinki. Después
de ese día, es la congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón la que, en
lo esencial, asume la presencia de la Iglesia católica en la Finlandia
luterana.
Confirmándose la extensión de la
congregación, el capítulo de setiembre de 1908 decide dividir
administrativamente el instituto, que en este momento cuenta con 293 miembros,
en dos provincias: una provincia oriental que abarca Alemania y Austria y una provincia occidental para los
demás países: Francia, Holanda, Bélgica e Italia. En octubre de 1909, el
fundador puede ver una señal manifiesta de la vitalidad de su obra. El 11 de
octubre asiste a la ordenación episcopal del primer dehoniano, el P. Gabriel Grison,
originario de la Mosa.
Después de un primer ministerio en
Ecuador, este sacerdote, aún joven, parte para el Zaire donde es elegido primer
vicario apostólico de Kisangani. Para el P. Dehon es la fiesta y la coronación
de muchos esfuerzos por conseguir un territorio de misión. Lleno de dicha y de
orgullo, él mismo presenta al futuro obispo al Papa Pío X quien le entrega la
cruz pectoral. Tres días después de la consagración, León Dehon obtiene una
nueva audiencia y el Papa, viendo a
Mons. Grison, murmura al P. Dehon: “¡Qué lindo pequeño obispo hemos hecho!”.
Las estadías romanas del P. Dehon
se prolongan a menudo, porque él se encuentra a gusto en Roma y aprovecha su
presencia para leer y ponerse al tanto de las actualidades literarias y
filosóficas. Allí seguirá de cerca la cuestión del modernismo donde presiente
en germen la crisis de la creencia y de la certidumbre. Ve la raíz de esta
preeminencia de la voluntad sobre la inteligencia en la influencia del
neokantismo al que condena sin comprender las fuerzas secretas. Dehon preconiza
una vuelta a lo que llama “la filosofía del buen sentido”, que será, a sus
ojos, la de Aristóteles y la de Santo Tomás. En esta misma línea, tendrá
juicios duros sobre Nietzsche, sobre Bergson a quien, a decir verdad, no
frecuenta y sólo conoce a través de comentarios.
Viaje alrededor del mundo
1910 será un gran año, el de su
“viaje alrededor del mundo”. En setiembre estará en el congreso eucarístico de
Montreal. Sus amigos canadienses, sobre todo el arzobispo de Quebec, Mons.
Begin, antiguo condiscípulo en Roma, lo invita calurosamente a realizar el
viaje. Mons. Thiberghien, amigo de Roma que es miembro del consejo de los
congresos eucarísticos, insiste. El P. Dehon, cuya pasión por los viajes es
conocida, cede. Por otra parte, es verdad que existe el problema de la
fundación en Canadá. Pero desde que la decisión de ir a Montreal es tomada,
secretamente se injerta un proyecto de pasar por Asia, partiendo de la costa de
los Estados Unidos. En la primera carta que, desde el barco, el 17 de agosto de
1910, Dehon envía a su corresponsal de San Quintín, le dice que estará de
vuelta en enero y agrega: “No lo diga muy pronto”.
Este viaje de seis meses, en las
condiciones que podemos imaginar a principio del siglo XX, será una verdadera
hazaña para un hombre mayor, de 67 años. Su periplo lo llevará de Estados
Unidos a Japón, a Corea, a China, a las Filipinas, a Indonesia donde visita el
gran templo budista de Borobudur en plena restauración. De allí pasa a Ceilán,
luego a la India.
El viajero toma anotaciones que
publicará parcialmente. Al lado de detalles insignificantes, el lector
aprovecha de un montón de observaciones etnológicas, geográficas, religiosas o
más ampliamente culturales. En Japón, por ejemplo, evoca con asombrosa premonición
el supuesto peligro amarillo “del cual se habla en este momento”. Para él, si
existe, no es sólo político, sino de orden económico.
En la India, Dehon queda
impresionado por Benarés, la ciudad santa por excelencia. Cuando hay una
tendencia más bien al desprecio de todo lo que no es cristiano, él admira:
Para los Indios ella es más santa
que la Meca para los mahometanos, que Jerusalén o Roma para los cristianos...
Esta ciudad es verdaderamente extraordinaria. Por otro lado la religión no es
sino una porción de la vida pública. En Benarés sólo se ve la religión que todo
lo llena, y le exige al hombre todos los minutos de su tiempo.
Leyendo esta página ardiente sobre
Benarés, nos parece reconocer el estudiante de 1865 quien maravillado, descubre
la Roma de los Papas de la cual conserva algo de nostalgia.
La vuelta se realiza por el canal
de Suez. De Port Said da un rodeo hacia Jerusalén adonde llega el 21 de febrero
de 1911. Querría hacer de nuevo la peregrinación clave de 1865, pero le falta
tiempo. Sin embargo, constata que, desde esa lejana época, los conventos se han
multiplicado en Jerusalén. Esta estadía es demasiado breve para su gusto.
Observa, “hay que partir; se considera en Europa que ya estuve ausente mucho
tiempo”. Y en verdad las críticas no faltarán. León Dehon da una explicación
justificando el interés cultural de estos viajes, aunque reconociendo que a
veces hay algunos excesos.
Estrechas relaciones con los Papas
Llegado a Marsella, el 2 de marzo,
viaja directamente a Roma para rendir cuenta de su largo viaje, primero a los
cardenales de la curia, luego a los organismos centrales de las congregaciones
cuyas misiones ha visitado.
Pero es sobre todo con Pío X con quien hablará en una larga audiencia, el
11 de marzo. Con el Papa, Dehon evoca la posibilidad de evangelización y las
dificultades con las que chocan los misioneros. El diálogo se prolonga de una
manera desusada. “Se extrañaron en la antecámara, dirá Dehon; luego
reconocieron que se trataba de una audiencia excepcional”.
Uno puede quedar sorprendido de
estas largas y numerosas audiencias que el P. Dehon tuvo con Pío X, un hombre a
quien él no conocía antes de la elección y con el cual no tiene la sintonía
intelectual o las visiones del futuro sobre la Iglesia y sobre la sociedad como
con el predecesor, León XIII. Será a otro nivel como se creará una estima
recíproca, menos de orden cultural que propiamente espiritual. En todos los
casos, entre los dos hombres, aún existiendo grandes diferencias, se anuda una
relación de verdadera confianza que resultará preciosa para el fundador, lleno
de dificultades con los organismos del Vaticano, a propósito de su
congregación. Y por sus 70 años el P. Dehon recibe los augurios del Papa,
acompañados de una bendición apostólica especial.
Las relaciones serán aún más
estrechas con Benedicto XV, a quien el P. Dehon conoce y frecuenta desde 1894,
cuando Della Chiesa era secretario del cardenal Rampolla. Era un amigo que
compartía el ideal y las miras del fundador de los Sacerdotes del Sagrado
Corazón. El P. Dehon lo llamará “el Papa del Sagrado Corazón”, porque tenía una
profunda devoción al Corazón de Cristo. Desde su nombramiento a la sede
arzobispal de Bolonia, Della Chiesa había hecho llegar una comunidad dehoniana
a la ciudad. Así quedaba fundada la primera casa de estudios de los dehonianos
en Italia, de la cual saldría la prestigiosa casa editora tan conocida:
Dehonianas Bologna .
Cuando en 1917, el P. Dehon está
enfermo en la ciudad de Bruselas ocupada, Benedicto XV le consigue un
salvoconducto para ser repatriado por Suiza, país neutral. Los dos amigos se
hallan de nuevo, el 3 de enero de 1918, en una audiencia privada que es, confía
Dehon, “una charla amistosa confiada”. En cada estadía romana Dehon visita a
Benedicto XV a su llegada y a su partida. Se pueden medir así los lazos de
amistad que unen a estos dos hombres que comulgan en la espiritualidad del
Corazón de Jesús. En uno de estos encuentros -no se puede llamar con otra
palabra lo que el protocolo llama comúnmente audiencia- nacerá la idea de
levantar en Roma un gran templo dedicado al Corazón de Cristo. También el P.
Dehon sugiere, en una de estas conversaciones con Benedicto XV, que se haga
levantar, en San Pedro, un altar al Sagrado Corazón, con un mosaico.
El P. Dehon fue, durante toda su
vida, un Romano convencido.
Dará pruebas de un gran apego a la
persona de los Papas. Estos le devolverán la estima y la confianza, sobre todo
por su nombramiento como consultor del Indice, con León XIII. Con Benedicto XV
hay que hablar de una verdadera amistad. Pero el apego de Dehon a los Papas nunca será servilismo: Dehon no
es un incondicional. Así sabrá formular algunas críticas a Benedicto XV, a
propósito de sus nombramientos episcopales. Y sabemos que, en mérito de las
pretendidas revelaciones de Sor Ignacia, Dehon conservará su libertad de juicio
frente a la condena romana. Por otro lado, se puede notar la misma actitud del
P. Dehon frente a los obispos de Soissons, hecha a la vez de deferencia, y
también de dignidad personal. El sabrá, frente a sus exigencias, recordarles
los derechos y los méritos de su congregación.