Capítulo 2

 

      VICARIO PARROQUIAL Y FUNDADOR

 

El 17 de noviembre de 1871, el P. Dehon llega a San Quintín. Es el séptimo y último vicario parroquial de una parroquia de la basílica que engloba el conjunto de la ciudad cuya población alcanza los 35000 habitantes. El nuevo vicario queda fascinado por la belleza de este edificio que remonta al siglo XIII; la adopta de inmediato y la hace “su iglesia”, de la cual se complace en enumerar los encantos. El templo gótico fue levantado en honor del joven Romano Quintín, venido, en el siglo III, con algunos compañeros, a evangelizar estas regiones en el norte de la Galia. El joven mártir dará su nombre al pueblo.

 

Una ciudad obrera del siglo XIX

Antigua capital de Vermandois, levantada a orillas del río Somme, San Quintín conoció en la Edad Media una actividad de fabricación y venta de paños y telas diversos. En víspera de la revolución, la industria del tejido del lino había alcanzado una considerable extensión. Se enumeran, en este momento, para la ciudad y suburbios, unos 12.000 telares con 60.000 hilanderos. La Revolución detendrá este impulso que retomará lentamente a principio del siglo XIX. Alrededor de 1830, que marca el empuje industrial de Francia, se agrega a la actividad textil una industria pesada, variadas manufacturas que atraen la población de las campiñas vecinas y aumentan considerablemente la población. Pero no se prevé nada para recibir y alojar a estos desarraigados que están obligados a encontrar en los suburbios malsanos algo que sirva de techo.

La duración del trabajo diario oscila entre diez y doce horas; es pagado, según la cotización del día, como una vulgar mercadería. Si se considera el tiempo necesario para llegar al lugar de trabajo, uno se da cuenta de que la vida de familia queda totalmente trastornada y el tiempo libre resulta casi inexistente. Hallamos aquí las características de este tipo de industrias, llamado a difundirse, que separa la actividad económica de la vida de familia... Tales condiciones de vida y de trabajo engendran pueblos marcados por la inseguridad, por numerosa y variadas enfermedades, la confusión y la miseria moral. San Quintín ofrece, en síntesis, el ejemplo tópico de una ciudad obrera del siglo XIX cuya población sufre de lleno el flagelo de las consecuencias generadas por una industria naciente, cuya principal finalidad, por no decir la única, es la utilidad económica y el provecho pecuniario.

Lo más asombroso es que el joven vicario, que llega de Roma con el bagaje espiritual ya conocido, de inmediato adopta esta ciudad de la cual todo lo separa. Encuentro insólito y excepcional ya que León Dehon por nacimiento, por cultura, por sus gustos, parecería destinado a otro universo. Y, sin embargo, la obra mayor de Dehon nacerá en el corazón de este encuentro. Su fundación está indisolublemente unida a San Quintín que, de alguna manera, da el título oficial a su congregación: “Sacerdote del sagrado Corazón de San Quintín”.

Desde su llegada a San Quintín, León, acompañado por el arcipreste de la basílica, cumple con algunas visitas protocolares a los notables: subprefecto, alcalde, magistrados; pero paralelamente, el vicario, esta vez solo, toma contacto de inmediato con los miembros de la conferencia San Vicente de Paúl, cuyo espíritu comparte desde su vida de estudiante. Y por medio de estos hombres, de entrega completa, conoce la situación real del mundo popular y obrero de San Quintín. Estos mismos hombres llegan a ser el núcleo del patronato que está por fundar.

 

El séptimo vicario parroquial

Llegados a este punto, me parece necesario señalar las múltiples facetas que forman la personalidad de este hombre que jamás podrá ser objeto de una evaluación simplificadora. Siempre quedarían incertidumbres. Apenas llegado a San Quintín estudia la historia local de la ciudad; se entusiasma con la belleza arquitectónica de la colegiata; pone el mayor cuidado para instalarse confortablemente y con gusto. Para dar una armonía a su departamento -lo que entusiasma a sus padres- elige muebles de roble, hechos, la mayoría, a medida. Es el mismo hombre que podríamos creer prisionero de un universo algo elitista el que analiza con precisión la situación social y religiosa de la ciudad. El denuncia la desproporción de una parroquia, cortada de la población activa, fuertemente “trabajada por la propaganda revolucionaria”, como confía a su amigo Palustre.

La atmósfera del vicariato le resulta conveniente, porque goza de una vida de comunidad, pero lamenta que el ministerio de los vicarios quede absorbido por los entierros, los catecismos y las visitas a los enfermos: una pastoral que no entra en contacto con los trabajadores y que, por lo mismo, resulta poco eficaz. El joven vicario lo denuncia sin rodeos.

 

En estas grandes parroquias sólo se entra en relación con algunas familias escogidas. Cada vicario es recibido en algunas casas que él frecuenta. El resto de la ciudad, ¡ay!, no ve al sacerdote sino raramente o tal vez nunca. No se construirán ciudades cristianas con parroquias de 30000 habitantes; está en contra de todo buen sentido. Es necesario que el pastor conozca a sus ovejas y que las ovejas conozcan al pastor.

 

Semejante preocupación testifica una orientación que se afianzará más adelante hasta llegar a ser una reivindicación de fondo: la alianza del pueblo con la Iglesia. Ahora la constatación que hace el P. Dehon es precisamente el corte, la ruptura entre estos dos aliados naturales, según su expresión. Uno de los objetivos mayores de su compromiso será precisamente el de reconciliar al pueblo con la Iglesia.

De repente pues, el ministerio de Dehon asume una tonalidad social. Su pastoral no se reduce a la distribución de los sacramentos; se inscribe en los componentes de una sociedad cuyas disfunciones humanas, sociales, religiosas y políticas él analiza. Encontramos aquí una perspectiva que merece ser subrayada y, hallamos una primera y significativa manifestación de ello en su predicación de Navidad que tradicionalmente toca al último vicario llegado. Dehon definirá esta predicación como “verdadero sermón social” que intentaba analizar la situación política social y religiosa de Francia. Seguramente lamenta las costumbres y la indiferencia religiosa que relaciona con las realidad social y económica del país. Sobre todo ve pesar sobre Francia la amenaza de “un gran peligro social” cuyo remedio es sólo el cristianismo. Hace apenas un mes que ha llegado a San Quintín y el vicario Dehon subraya con fuerza la dimensión social de la religión cristiana. Este sermón, de cuyo tono se lamentaría un tanto más tarde, enfrentará al P. Dehon en la ciudad de San Quintín, sobre todo ante la burguesía local. Por otra parte, manifiesta una asombrosa continuidad en la convicción de quien mañana será el propagandista de las ideas de León XIII.

Como séptimo y último vicario de la parroquia, el P. Dehon está particularmente encargado de un ministerio juzgado ingrato, por eso poco buscado: el catecismo en las escuelas primarias públicas. La ley Guizot, del 28 de junio de 1833, prevé específicamente un horario para la instrucción moral y religiosa. Por esta obligación, que será abrogada por la ley de Julio Ferry del 28 de marzo de 1882, toda la juventud recibe una formación religiosa. Ya se ha subrayado cómo la Iglesia aprovecha de esas facilidades para difundir el mensaje evangélico. Desde 1839 Dupanloup, aún vicario de San Sulpicio, subraya la importancia del catecismo y despliega una pedagogía adaptada en Método general de catecismo y Pláticas sobre el catecismo.

 

Dar catecismo, afirma el obispo, no es sólo enseñar a los chicos el catecismo; es elevarlos en el cristianismo.

 

Dehon, quien frecuenta al obispo de Orléans y del cual dirá que “ha escrito el mejor tratado de educación”, está de alguna manera impregnado de su pensamiento, y sigue su lógica. En su primer año de vicario prepara un centenar de muchachos a la primera comunión. Esta actividad le permite entrar en contacto con los medios populares de San Quintín. Pero señala rápidamente que este catecismo no es un camino de perseverancia; en resumen, no educa a vivir cristianamente. Esta constatación, de por sí banal, es decisiva en el camino de Dehon. Lo lleva a fundar nuevas obras para remediar esta triste realidad. Aquí se manifiesta una nueva dimensión de la personalidad de Dehon: él es un educador preocupado por la formación. De los niños de los medios populares, a menudo desheredados que tiene el catecismo, quiere hacer hombres y cristianos formados e instruidos. Con este fin, abre en 1872 un patronato. En 1877 seguirá la fundación de una escuela secundaria, el instituto San Juan. Más tarde, el educador se interesará en la formación de los seminaristas y los sacerdotes a quienes sensibiliza en la dimensión social del ministerio sacerdotal... Con sus escritos espirituales, con sus conferencias y retiros, acompaña a mujeres y varones en el camino de la perfección evangélica. Durante toda su vida, estará comprometido, de una u otra forma, con la enseñanza y la formación porque sabe que el futuro se juega a este nivel, también el de la evangelización. Y está lejos de ser indiferente a ello el que la fundación de la congregación haya acontecido en un conjunto más vasto que el de un proyecto educativo.

 

La obra de San José

El catecismo lleva, pues, a Dehon al patronato que llega a ser su primera obra grande en San Quintín. Para no dejar a los muchachos en la calle y para brindarles una educación cristiana más desarrollada, reunía una decena de ellos el domingo por la tarde: el patronato había nacido, primero en el despacho del vicario, luego en el patio de un pequeño pensionado que dirige un miembro de la conferencia de San Vicente de Paúl, el Sr. Julien, quien llega a ser confidente y brazo derecho del P. Dehon. Durante el verano de 1872, procura hallar un local más conveniente. Así empieza la obra San José que, hasta 1877, será el campo apostólico original al cual se vuelca Dehon, el que moviliza lo más claro de sus energías. En la correspondencia dirigida a sus padres, habla regularmente de esta obra describiéndola como su obra por excelencia.

Las obras en favor de la juventud, en esa época, no son una novedad en Francia. El iniciador es un sacerdote de Marsella, el P. Allemand, quien, en 1797, reúne a su alrededor a algunos jóvenes. Su sucesor, Timon David, para asegurar la permanencia de la obra fundará también una congregación religiosa: los Sacerdotes del Sagrado Corazón. En el espíritu de la fundación marsellesa, el sacerdote debe ser animador de estas obras en favor de la juventud. En París, en el seno de la conferencia de San Vicente de Paúl, nacerá, algunos años más tarde, con Le Prévot y Mauricio Maignen otra tradición. En el célebre patronato de Montparnasse, que Dehon visita en 1873, es un laico el responsable y quien asegura la animación. Dehon, en San Quintín, de alguna manera, se inspira en los dos modelos: es el animador principal del patronato, pero su segundo será el Sr. Julien.

Sería equivocarse mucho sobre el objetivo de Dehon medir y evaluar esta fundación a partir de la imagen un poco simplista o vetusta que pudiera evocar el término patronato. Dehon persigue un proyecto educativo global que atañe a los jóvenes en su formación humana y cristiana. Se trata para él de un ministerio pastoral que le permite tender un puente hacia el mundo popular obrero. Esta iniciativa se comprende en la preocupación de evangelizar un pueblo separado de la iglesia. En una carta del 13 de mayo de 1873, dirigida al P. Freyd, él aclara, de alguna manera, la finalidad del patronato:

Antes de esta obra, apenas hubiera podido contar en San Quintín con diez jóvenes obreros que hacían la Pascua. Usted ve que el mal es grande y que harán falta tiempo y serios esfuerzos para obtener numerosa perseverancia.

Después de esta carta se comprende mejor el apego del P. Dehon a esta obra que nunca querrá dejar bajo ningún pretexto, ni aun para entrar en una congregación religiosa. Será, pues, llevado a ser él mismo fundador en el lugar.

Con esta obra de formación de la juventud, el P. Dehon aspira a una renovación de la sociedad. Pone mucho cuidado en explicar su proyecto para que no se lo reduzca a un pequeño pasatiempo sino que se comprenda toda su importancia. En la sesión solemne del 8 de junio de 1875, en presencia de los notables de la ciudad, el vicario precisa:

 

Permítanme, ante todo, recordar a ustedes brevemente nuestra finalidad. Demasiadas personas se equivocan en este punto y se imaginan que nosotros no tenemos otra ambición que hacer jugar honestamente a algunos niños los domingos. Nosotros apuntamos más alto. Nuestro fin es la salvación de la sociedad por medio de la asociación cristiana.

 

Nos hallamos, pues, en presencia de un proyecto educativo integral, cuyos prolongamientos políticos adivinamos. En la lógica de esta globalidad, Dehon le da progresivamente todo su desarrollo: charlas religiosas, curso de economía social, biblioteca, caja de ahorro, coro, internado para los jóvenes obreros de alrededor de San Quintín y también un inicio de agencia de empleo para jóvenes trabajadores en búsqueda de colocación. ¡Cómo no asombrarse de que el patronato cobre rápidamente amplitud hasta contar con unos 500 jóvenes y que el P. Dehon llegue a ser una personalidad local cuyo compromiso es unánimemente alabado!

Ante el éxito de la empresa, Dehon se ve obligado, en 1873, a ordenar y dividir en función de objetivos más precisos. En ese año, para los mayores del patronato, una sección de la Obra de los Círculos Católicos de Obreros, originaria de da diócesis de Soissons, que A. de Mun y R. de la Tour-du-Pin habían fundado en diciembre de 1871. En el momento de la peregrinación de la Obra de los Círculos, el 17 de agosto de 1873, a Nuestra Señora de Liesse, en las afueras de Laon, Dehon, quien forma parte de la peregrinación con los miembros del patronato, traba conocimiento con los fundadores. Estos quedan impresionados por la personalidad del vicario de San Quintín y por su compromiso social en la ciudad y procuran conquistarlo a su causa para hacer de él su continuador principal en el norte de Francia. Una carta de Alberto de Mun a Dehon expresa bien sus intenciones:

 

¿Podemos esperar organizar en San Quintín, hogar popular, ciudad de obreros, un comité de nuestra obra y fundar allí uno o más círculos católicos? Usted solo, señor cura, puede decirlo, darnos coraje y encabezar el movimiento, al decidir si hay lugar para nuestra obra al lado de la suya o si las dos deben fundirse en una sola.

 

Dehon exige una solución original: decide agregar al patronato una sección “obra de los círculos” para los mayores. Así, desde 1873, la obra San José une dos actividades: el patronato y un círculo católico de obreros. Dehon no se queda con esto. En la lógica de su proyecto de renovación integral, tiene que trabajar en todos los medios y en todos los niveles de la sociedad. Desde 1875 funda un círculo de estudios religiosos y sociales con una conferencia San Vicente de Paúl, entre los estudiantes del liceo de la ciudad donde se forman las futuras élites locales. Al año siguiente, se dirige a la parte patronal y propone a los empleadores una reunión bimensual para abrirlos a las cuestiones sociales y hacerles tomar conciencia de sus deberes con los obreros.

Con el crecimiento de las obras aumentan igualmente los problemas financieros y los cuidados de la animación del conjunto. En general, es el P. Dehon quien soporta esa sobrecarga del ministerio ordinario de vicario. Es una vida particularmente activa la que lleva y, para rezar, debe levantarse a las cuatro y treinta de la madrugada. Se había suscrito a varios diarios y revistas para alimentar su vida espiritual e intelectual, como El Universo, del cual ya hemos hablado, la Revista de ciencias eclesiásticas, el Mensaje del Sagrado Corazón, y muchas otras. Ahora bien, con tan numerosas ocupaciones, dispone de poco tiempo para la lectura. Regularmente se lamenta de eso, a veces también en términos vivaces porque su vida cultural y espiritual sufre. Evidentemente una vida de vicario, tal como él la vive, le crea un vacío que irá creciendo cada año, al punto de provocarle un malestar que llevará a varias rupturas.

 

Una sensibilidad social

Mientras espera, Dehon se convierte en un hombre de congresos y de asambleas generales. Es presencia segura en estos encuentros donde se cruzan los hombres activos, que comparten las mismas convicciones. Allí se cosechan informaciones e iniciativas de toda índole que actúan como otros tantos estimulantes. Hasta principios del siglo XX el P. Dehon utilizará esta red como un medio de formación y una tribuna de expresión.

Del 25 al 29 de agosto de 1875 participa, en Nantes, en el Sexto Congreso de las Obras que dirigía Mons. Ségur, hijo de la famosa escritora, la condesa de Ségur. El congreso reúne a una multitud considerable de directores de obras de todo tipo. Desde este punto de vista, es una vidriera de la vitalidad del catolicismo francés. Dehon quedará particularmente impresionado por la relación que hace León Harmel sobre su fábrica textil de Val-des-Bois, cerca de Reims. Los dos varones traban conocimiento mutuo. Desde ese día empieza una larga y fructífera colaboración entre estas dos personalidades del catolicismo social francés. A menudo los encontraremos en estas páginas. A partir del año siguiente, Dehon participa regularmente en la Asamblea General de la Obra de los círculos Católicos de Obreros a la cual está inscripto. más tarde, participará en los congresos que organiza el diario La Croix, en los de la obra Paray-le-Monial, como también en los diversos congresos eclesiásticos o en los de la democracia cristiana. Dehon encuentra allí lo que el catolicismo francés tiene de más activo, de más comprometido, de más inventiva. El mismo, por sus intervenciones, se hace un nombre que lo llevará a jugar un gran papel, primero en el plano local, luego regional y, a partir de los años 1885, a nivel nacional. Dehon aprovecha cada uno de estos traslados para realizar un poco de turismo, visitando las curiosidades, las bellezas de la ciudad y de sus alrededores, no titubeando, cuando es necesario, en detenerse, a lo largo de la ruta, o a dar un largo rodeo, para descubrir un sitio o un monumento que no conoce.

El año 1874 marca un punto culminante en la actividad del vicario de la basílica, tal vez una vuelta de tuerca en su existencia. Por un lado, multiplica las obras y desborda de actividades, pero sin hallar la satisfacción que tendría derecho a esperar; no está en paz consigo mismo. Sigue desarrollando la obra San José y participa en la creación de un diario local de inspiración cristiana: Le Conservateur del l'Aisne. En la diócesis, el nombre de Dehon empieza a circular. Se habla de él citando sus iniciativas y tomándolo como referencia. El vicario aprovecha para acrecentar su acción sobre el ambiente, ganando al obispo a sus propósitos.

Sugiere al obispo, Mons. Dours, que cree, como ya existe en otras diócesis, una oficina que sería a la vez un órgano de informaciones y una instancia de animación y de coordinación de las obras. Para Dehon, este esfuerzo de puesta en común debería hacer mover a los hombres y las situaciones. El obispo acepta la idea y nombra al P. Dehon secretario de la oficina. Fiel a su método de trabajo, que empieza con el análisis, Dehon realiza una gran encuesta para conocer, de alguna manera, la situación real. En diciembre envía a cada sacerdote de la diócesis un cuestionario detallado, precedido por una carta explicativa del obispo.

El recuento de la encuesta -un tercio de los sacerdotes había respondido- le brinda una fisonomía de la diócesis que lo espanta un poco.

 

El conjunto de las respuestas fue aflictivo -escribe-. No había casi nada de asociaciones y en todas partes se señalaba la indiferencia o la falta de religiosidad de los hombres.

 

En resumen, lo que él había hallado en San Quintín no era sino el triste reflejo de la situación de “esta diócesis”, según la expresión misma de Dehon. Por lo demás, no está lejos de pensar que esta encuesta sugiere igual situación en toda la Iglesia de Francia. Todo da vueltas alrededor de una pastoral centrada en los sacramentos. La Iglesia está por ello separada del pueblo, sobre todo del de los varones; como si la religión fuera asunto de mujeres y de niños, situación que le recordaba a Dehon su familia y lo mucho que lo había hecho sufrir.

A partir de la encuesta, Dehon se multiplica para animar las buenas voluntades, para suscitar iniciativas de todo tipo, particularmente la fundación de obras atinentes a la juventud y a los hombres. Remite informaciones y documentaciones. Para sensibilizar las opiniones lanza la idea de una asamblea general de las obras de la diócesis. El obispo retoma la idea y la asamblea se realizará en Nuestra Señora de Liesse, los días 10 y 11 de marzo de 1875. Más de 250 participantes han respondido a la invitación. Dehon, que ha asumido la preparación del encuentro, presenta una relación detallada de las respuestas a la encuesta previa. Esta asamblea representará un gran momento en la vida de la diócesis porque dará origen a varias iniciativas. Pero representa igualmente una etapa importante en el camino de Dehon: él llega a ser una personalidad en la diócesis. “Este fue -escribe modestamente- el mejor momento de mi ministerio en la diócesis”.

La iniciativa, sobre todo los resultados de la encuesta, reavivan en él las preocupaciones y los proyectos de la época romana; reencuentra el problema de la formación y de la calificación intelectual y espiritual del clero. “Yo quería hacer algo en favor del clero porque su santificación es el mayor de los apostolados”. A esta preocupación de toda su existencia, Dehon da, en ese período, una respuesta: La fundación de un oratorio diocesano para los sacerdotes. Con algunos cohermanos crea una asociación para favorecer la vida interior de los presbíteros y ofrecerles, si no una vida comunitaria, por lo menos encuentros regulares. Adopta la regla de vida de Bartolomé Holzhauser, quien en Austria ­había fundado, en el siglo XVIII, una sociedad de clérigos seculares que vivían en comunidad. A la espera de tener en la diócesis “un centro de vida comunitaria” (que es el fin buscado) una decena de sacerdotes se reúne cada mes alrededor de Dehon para una jornada de retiro espiritual, de puesta en común, y de consideración de los aspectos financieros.

En el camino de Dehon esto involucra una etapa hacia la vida religiosa, idea que nunca ha abandonado. Cada uno de sus retiros aviva este deseo, esta necesidad, sin que pueda, por otro lado, entrever una realización concreta. La estricta observancia de la regla de vida de Holzhauser lo coloca, en cierta manera, en un estado de espera y de preparación a la vida religiosa.

 

Hacia la vida religiosa

Desde julio de 1873 el P. Dehon es capellán de una pequeña comunidad de religiosas; alsacianas en gran mayoría que, en 1871, habían huido de Alsacia para escapar a la anexión alemana. El había favorecido su ubicación en la ciudad de San Quintín. Por este motivo se convierte en capellán y confesor de la comunidad de las Siervas del Corazón de Jesús. Será, sobre todo, el director y el confidente de la fundadora, Madre María Ulrich, una mujer de autoridad, de convicciones sólidas y seguras, dotada de una energía rara y emprendedora. Como veremos, este encuentro es decisivo, en el sentido fuerte de la palabra, para la orientación futura de la vida y del compromiso de León Dehon. El encuentro refuerza los elementos que lo llevarán a la fundación de una congregación. En el ocaso de su vida, en julio de 1924, el P. Dehon recuerda esos acontecimientos a Sor Ignacia y le dice:

 

Hoy hace 52 años que vuestra congregación se instaló en San Quintín. De esta fecha ha dependido toda mi vida.

 

Por otra parte, el fervor espiritual de la comunidad -un grupo de élite- aviva su nostalgia de la vida religiosa, que llega a ser ahora una cuestión candente, tanto más apremiante, cuanto que no veía solución alguna.

Del 21 al 27 de marzo hace un retiro de elección en la casa de los jesuitas de Laon, bajo la dirección del P. Dorr, su confidente después de la muerte del P. Freyd, acontecida el 6 de marzo de 1875. Confía en que este retiro le dará las luces necesarias para salir de lo que está por transformarse en su tormento interior. En un cuadro contradictorio anota las ventajas y desventajas de la vida religiosa y de la vida sacerdotal, para acabar con esta conclusión bien incierta:

 

Miraré la vida religiosa, que abrazaré con preferencia a la vida secular, para practicar los consejos de perfección y eso para la mayor gloria de Dios y la salvación de mi alma. No obstante, no entraré en la vida religiosa hasta que pueda dejar mis obras sin escándalo y sin gran daño de las almas.

 

Su decisión para el futuro es clara; la misma que tenía en Roma al final de su estadía: quiere ser religioso. El argumento que invoca es clásico y conforme a la espiritualidad ignaciana. Pero la realización de su deseo es siempre incierta. Diría también que ahora es aún más compleja y más hipotética que antes, porque se siente condicionado por sus compromisos apostólicos. Hace depender su entrada en la vida religiosa de la evolución de sus obras en San Quintín. aquí, como con el P. d'Alzon, aparecen la vacilación y la duda. Hallaremos este mismo rasgo del carácter de Dehon en otras circunstancias. Cuando se presenta una elección importante, Dehon titubea, duda, pesa largamente los pro y los contra; busca el consejo que guiará su opción y sostendrá la elección tomada. De esto deriva, a menudo, la impresión de un equilibrio complejo y frágil. Pero lo que hay de nuevo aquí, con relación al período romano, es que su elección de vida religiosa está condicionada por el compromiso apostólico. Esto es algo nuevo, ahora sólo un bosquejo, que luego irá afirmándose. Dehon no piensa en la vida religiosa según el esquema monástico clásico de retiro del mundo; la considera dentro de un proyecto apostólico que, por el momento, está manifestado negativamente: no abandonar las obras de San Quintín; más adelante la complementariedad será positiva.

Acabado el retiro, regresa sin mucho entusiasmo a San Quintín para retomar, escribe, “mi vida de vicario con un deseo siempre creciente de vida religiosa”. Su actividad apostólica llega a ser, pues, la piedra de tropiezo para su vida religiosa: situación insólita pero que se comprende en la problemática dehoniana, ya subrayada, que significa disponibilidad frente a los acontecimientos como signos providenciales. Sus obras en San Quintín obtienen el éxito que conocemos. Por otro lado, el nuevo obispo, Mons. Thibaudier, llegado de Soissons, el 20 de abril de 1876, lo nombra canónigo el 24 de octubre del mismo año, después de la segunda asamblea de las obras de la diócesis preparada por Dehon. Este ve, a la distancia más allá de la promoción, una señal del cielo en favor de sus obras que dibujan el hilo conductor de sus decisiones.

Hallamos la misma actitud cuando Hautecoeur lo acerca para participar en la fundación de la universidad católica de Lille. Después de la aprobación de la ley de julio de 1875, que promueve la libertad de la enseñanza superior, el canónigo Hautecoeur, encargado de reunir un cuerpo didáctico, apremia a Dehon para que entre en este proyecto similar al que había entrevisto en Roma. Con sus cuatro doctorados, Dehon es la persona más indicada para participar en la fundación de la universidad. Por lo demás, él está plenamente de acuerdo con el proyecto, pero duda a causa de las obras de San Quintín. Hautecoeur vuelve muchas veces a la carga; hace intervenir a amigos comunes, como el célebre industrial Féron-Vrau o su antiguo cura de La Capelle, pero inútilmente. Dehon se siente atado por sus obras. No obstante, las numerosas diligencias con las diferentes congregaciones como los lazaristas, los del Espíritu Santo, los hermanos de San Vicente de Paúl entre otras, no encuentra a nadie para asegurarle el relevo: entonces se queda en San Quintín.

Hay que decir que Dehon no tiene en la cabeza un modelo preciso de vida religiosa; no está determinado por la elección de una congregación, como si alguna estuviera en condiciones de realizar lo que llevaba adentro. Considerará varias congregaciones, como los asuncionistas, los del Espíritu Santo y, por fin, los jesuitas. Pero tenemos la impresión de que la elección la realiza en función de hombres que encuentra y admira, como el P. d'Alzon en los asuncionistas, el P. Freyd en los del Espíritu Santo, los padres Modeste y Dorr entre los jesuitas. ¿Falta decisión? Por cierto, pero ella se inscribe dentro de un trasfondo, ya señalado, de atención a los acontecimientos y a los encuentros de apertura a las solicitaciones y a las evoluciones. De algún modo, la existencia de Dehon es una encrucijada de influencias. Tiene necesidad de referencias teóricas, pero aborda los problemas desde un punto de vista concreto y práctico.

Finalmente será el contacto con las fundadoras de las Siervas del Sagrado Corazón el que sellará el encuentro decisivo. Dehon hallará allí un contenido a su proyecto de vida religiosa: la espiritualidad del Corazón de Jesús y la idea de reparación victimal. Se dejará convencer de que él mismo debe ser fundador. En enero de 1894, en sus NQ, recordando esta etapa crucial de su vida reconoce:

 

El Sagrado Corazón me ha formado, El mismo, en el amor, en Roma. Sentía un atractivo marcado por la vida religiosa, mas era Nuestro Señor quien se reservaba el indicarme más tarde la congregación que El quería. Empecé, pues, por el ministerio parroquial. Nuestro Señor me esperaba en San Quintín para relacionarme con nuestras Hermanas... Entre nuestras Hermanas hallé mi camino y Mons. Thibaudier aprobó mis proyectos de fundación.

 

Espiritualidad del corazón de Jesús y vida religiosa.

En el siglo XIX la devoción al Sagrado Corazón, a partir de las apariciones de santa Margarita María, ha llegado a ser la expresión cristiana por excelencia. Se puede decir que este movimiento, a la vez espiritual y devocional, ocupa el terreno cristiano: es omnipresente.

Esta corriente popular se alimenta de una literatura abundante; se manifiesta por medio de prácticas simples y eficaces que derivan de Margarita María: la comunión del primer viernes de mes, la hora santa, la adoración eucarística, la consagración al Sagrado Corazón, la reparación. Semejante devoción habla al corazón; a todo lo que es afecto en el hombre. Pero conoce también los excesos y los desbordes de la afectividad, particularmente en las representaciones iconográficas o en los discursos piadosos. Por otro lado, existe una cultura política de esta corriente espiritual que la une a la restauración monárquica y a la lucha antirrevolucionaria. Paray-le-Monial, como Montmartre, a menudo se verán como símbolos de estas ambigüedades.

A partir de la Edad Media esta espiritualidad ha alimentado y fecundado la vida religiosa. Podríamos decir que ella es la savia secreta de esta mística del absoluto de Dios, vivido con amor recíproco. Basta pensar en Matilde y Gertrudis, entre las mujeres, y en Bernardo de Claraval o en Buenaventura, entre los varones. Margarita María; en el siglo XVIII dará a esta espiritualidad, vivida en los conventos hasta la fecha, su expresión popular. Las múltiples fundaciones de institutos religiosos, más del lado femenino que del masculino, subrayan la secreta y misteriosa complicidad entre la vida religiosa y la espiritualidad del Corazón de Cristo. Según el Diccionario de los Institutos de Perfección, entre el siglo XVIII y el final del siglo XIX, han sido fundadas unas 190 congregaciones bajo el título del Corazón de Jesús. Antes de que León funde su congregación, en 1878, una decena de institutos masculinos, enlazados con esta espiritualidad, había nacido en Francia desde el principio del siglo.

La fundación dehoniana no es, pues, sino una etapa de esta larga historia que continúa. Se inscribe en una corriente espiritual que marca profundamente la evolución de la vida religiosa y define el colorido del catolicismo francés del siglo XIX. Dehon recibe de su madre esta devoción, ordenada alrededor de algunos elementos espirituales; pero en 1875 no se puede decir que él viva de esta espiritualidad. En sus notas de seminario, como en sus NHV, las expresiones de esta espiritualidad sólo aparecen esporádicamente. Ha sido formado en Roma, en la espiritualidad de la Escuela francesa, una espiritualidad cristocéntrica que tiende a la unión con Dios. Tal es, en este momento, su orientación espiritual. En 1873, después del congreso de las Obras en Nantes, Dehon baja a los Pirineos y visita Bétharram. En este momento no hacen ninguna alusión a Miguel Garicoïts quien allí ha fundado, en 1835, los sacerdotes del Sagrado Corazón. Algunos meses más tarde él está en Lyon, en Ars y en Paray-le-Monial: tampoco allí ninguna anotación que deje adivinar una sensibilidad personal, una atención particular, sostenida por esta espiritualidad como la hallaremos más adelante.

En resumen, en 1875, Dehon respira esta devoción propia de la época sin que pueda decirse que ella sea la espiritualidad que marca su vida interior o que caracteriza su vida sacerdotal. Es en el contacto con las Siervas del Sagrado Corazón donde entrará personalmente en esta espiritualidad hasta el punto de hacer de ella el centro de su existencia, el núcleo de su vida espiritual.

Lo que es verdadero de la espiritualidad del Sagrado Corazón lo es aún más con respecto a la reparación fuertemente acentuada por las corrientes de Paray-le-Monial. En el marco de las apariciones de la Virgen, en La Salette, en 1846, de donde brota un mensaje esencialmente espiritual y penitencial, algunas corrientes religiosas popularizan la idea de reparación victimal.

Le tocará al P. Giraud, misionero de La Salette, ser el representante significativo y el propagador celoso de esta corriente, sobre todo por sus tres obras fundamentales que el P. Dehon leerá: De la unión con Nuestro Señor; Del espíritu y de la vida de sacrificio en el estado religioso y Sacerdote y hostia. Los títulos de estas obras revelan una espiritualidad marcada por un ascetismo muy acentuado, que hallamos en muchos círculos fervientes de la época, sobre todo entre los religiosos como Mons. Fava, obispo de Grenoble, el P. Giraud intentará, vanamente, orientar a los misioneros de La Salette en esta actitud victimal. Por otra parte, entra en contacto con Carolina Lioger quien vive un breve tiempo con las Hermanas Víctimas de Marsella antes de fundar su propia congregación: las Hermanas Víctimas el Sagrado Corazón, llamadas Villenueve-lès-Avignon, para distinguirlas de las Hermanas Víctimas de Marsella. Madre Verónica, que es el nombre de religión de Carolina Lioger, desea también una congregación de hombres y veremos que jugará un papel en la fundación del P. Dehon. En efecto, es de Villenueve-lès-Avignon que vendrá el P. Andrés Prévot quien puede llamarse el primer maestro de novicios de la congregación.

Esta corriente victimal tiene aún otras ramificaciones. Por intermedio de las Hermanas Siervas del Sagrado Corazón, copartícipes de esta espiritualidad, Dehon va poco a poco descubriendo las numerosas corrientes internas. Pero nada predisponía al P. Dehon a entrar en ella. En sus anotaciones del retiro de elección de 1876, del cual ya hemos hablado, no hay alusión alguna a la reparación victimal. No se hace sino una vaga mención del Sagrado Corazón en la siguiente resolución: “Hacer sus ejercicios con toda la exactitud y la aplicación posible, rezar, invocar al Sagrado Corazón de Jesús”. Hay que reconocer que en un retiro hecho para una elección de vida, semejante nota no es muy significativa de una actitud de fondo.

Lo es menos cuando hallamos en sus apuntes de retiro un párrafo que detalla los atractivos que lo mueven a entrar en los espiritanos. La idea lo persigue puesto que, en febrero de 1877, acompaña a su obispo a Roma y le pide poder quedarse allí para hacer algunos estudios pero, agrega Dehon, “con la segunda intención de ir en Roma al noviciado de los Sacerdotes del Espíritu Santo”. El obispo se lo niega categóricamente. Ahora bien, por cuanto yo sepa, los espiritanos no viven ni de una espiritualidad del Sagrado Corazón ni de la idea de reparación. ¿No es esta la prueba de que, a principios de 1877, no es esta la corriente espiritual decisiva para Dehon? Y, sin embargo, algunos meses más tarde, el vicario se retira en el convento de las Hermanas Siervas para escribir las primeras constituciones de los sacerdotes del Sagrado Corazón. ¿Cómo comprender este cambio brusco? Es importante seguir aquí, paso a paso, esta asombrosa y rápida evolución que desembocará, a fines de junio, en la decisión de una fundación propia.

 

Un encuentro decisivo

Decepcionado por no haber obtenido la aprobación de su obispo en Roma, el vicario regresa, a principios de marzo, a San Quintín. Retoma sus actividades pero con el objetivo de hallar muy rápidamente una salida a su proyecto de vida religiosa. “Volví a tomar mis cadenas que me parecieron más pesadas que nunca y no pensaba más que en liberarme”. Y todo se juega en los tres meses que siguen, puesto que, a fines de junio, tiene la aprobación verbal de su obispo para fundar una “sociedad”, asentimiento que confirmará una carta del 13 de julio. Cuando en febrero está aún decidido a entrar entre los espiritanos, ¡ he aquí que, en junio, Dehon cruza el Rubicón para llegar a ser él mismo fundador! ¿Cómo explicar esta prisa de encarnar su deseo, antiguo por cierto, de vida religiosa? La aclaración que él mismo nos da es un poco breve, porque pasa por alto las distintas meditaciones que lo llevaron a la decisión que conocemos. Puesto que no podía desprenderse de su ministerio de San Quintín, concluye: “Había una conclusión lógica: Nuestro Señor tal vez pedía que yo mismo fundara esta obra en San Quintín”.

El razonamiento es lógico. Pero cuando se conoce el temperamento vacilante de Dehon, que busca apoyo en su entorno, difícilmente se puede creer que él haya tomado solo esta decisión. No hay participación, como se da en otro lado, de sacerdotes o religiosos consultados. Dehon deja entender que ha llegado él mismo a esta conclusión. Y, sin embargo, el texto citado más arriba, lo traiciona. Nos habla de “esta obra” de la cual hasta el momento no sabemos nada, cuando él la supone conocida. Para entender este “inconsciente” del texto, debemos remitirnos a las Siervas y a su fundadora, la Madre de Jesús Ulrich.

Sabemos que el P. Dehon se siente impactado por esta comunidad de la que es capellán. A este título entiende hablar del fin de la congregación, fundada en 1867. Aunque ella esté relacionada, fortuitamente, con la rama franciscana, la comunidad vive de la espiritualidad del Sagrado Corazón con un matiz particular de reparación por los sacerdotes. La congregación se inscribe en la corriente victimal que cultiva con un voto particular: el de ser una víctima ofrecida en reparación, particularmente por los sacerdotes que no viven a la altura de su vocación. ¡Asombrosa interpretación femenina de un sacerdocio estrictamente masculino, que llegará, en esa época, hasta una devoción a la Virgen sacerdote, rechazada por Roma!

Por fuerza de las circunstancias, un intercambio se establece entre la superiora y el capellán para que él pueda acompañar espiritualmente a la comunidad. La corriente pasa entre estas dos personas y, de observaciones en confidencias, la Madre Ulrich entrega al capellán las claves de su fundación como también las expectativas que la nutren. Dehon admira la generosidad del proyecto y es testigo del fervor excepcional de las religiosas. Pero no se siente personalmente atado a este proyecto. “Comprendía y gustaba las miras de la querida Madre sin ver en ellas una vocación para mí”. Y agrega de inmediato, de una manera incomprensible: “Yo provoqué las confidencias de la querida Madre sobre sus miras a este propósito, y ella me las expuso”.

Tenemos todo el derecho a creer que, en este momento, es decir entre marzo y abril, hubo largos intercambios entre Dehon y la superiora llamada “Querida Madre”. Esta le expone la finalidad de su vocación y sus proyectos para el porvenir. Dos cartas importantes de la fundadora definen los contornos, bosquejando los proyectos en los cuales el capellán debía tener su parte. Es útil aquí citarlas con amplitud. Una primera carta, con fecha del 21 de abril de 1877, se refiere a una conversación anterior y muestra la filiación con La Salette y habla, en términos velados, de un proyecto por él muy querido. Se dirige a Dehon llamándolo “Venerado Padre en Nuestro Señor” y la Madre Ulrich escribe:

 

“Usted sabe mejor que yo, mi Padre, cómo la reparación es necesaria en los tiempos actuales y que el Corazón de Jesús la reclama para que consigamos gracia y misericordia. Esta reparación abraza muchas obras... Todas estas reparaciones son necesarias y creo que nuestras comunidades deben tomar parte. Pero ella debe tener una finalidad de reparación especial al Sagrado Corazón: esto ya es reconocido. Sin embargo, esto no es todo. Nuestro Señor es ofendido sin duda por todos los pecados cometidos en el mundo y todos atraen su cólera e irritan su justicia, pero hay otros que detienen su misericordia y de este modo frenan el triunfo de la fe y de la Iglesia. Esto sería así, pero tengo miedo de decirlo. Usted no ignora que Nuestra Señora de La Salette ha confiado el triste secreto a Melania para trasmitirlo al Soberano Pontífice. Y bien, mi Padre, debo confesárselo a usted: es el objeto de mis dolorosas ‘iluminaciones’, si así puedo expresarlo. Nuestro Señor pide a este efecto una reparación, tanto más que también pide por las ofensas que le son menos sensibles y de las cuales su corazón está menos herido.”

 

Y al final la carta agrega lo que para nuestro propósito es esencial:

 

“Pero dejad que añada, si no me equivoco, que serían necesarias almas sacerdotales para esta reparación; pero el Señor hará cumplir su voluntad a este efecto en su debido tiempo, lo espero y lo deseo para su Gloria y el triunfo de la Iglesia”.

Esta carta muestra ante todo las desviaciones de la espiritualidad del Sagrado Corazón en el siglo XIX. Todo en ella está centrado en la reparación que es sólo un aspecto de la espiritualidad del Sagrado Corazón. De la parte se hace el todo, lo que trastorna la arquitectura misma de una espiritualidad reveladora de la bondad y de la misericordia de Dios y no de sus lamentos y quejas. Por otra parte, no se trata sólo de reparación en general; la fundadora habla de una “reparación especial” que debe ser el fin de su comunidad y a la cual ella quiere asociar a algunos sacerdotes, en primer lugar al capellán destinatario de esta misiva. En ningún momento ella precisa la naturaleza de esta reparación especial. Se hace alusión a ella, volviendo a La Salette y al secreto de Melania. Utiliza la perífrasis para no tener que nombrar el objeto y da la impresión de no querer ir al fondo de su pensamiento, como si no osara confiarse por completo a su corresponsal, a quien no creía suficientemente receptivo para acoger la totalidad del mensaje que le es dirigido personalmente. ¿Se trata de una estratagema para picar la curiosidad de Dehon, para llevarlo allí donde la Madre Ulrich quería que llegara?

Una cosa es cierta, Dehon de alguna manera queda “enganchado” por esta perspectiva de implicar a sacerdotes en el proyecto. Se interroga y pide otras explicaciones a la fundadora y se informa, por otra parte si han surgido algunas iniciativas al respecto. Así escribirá, el 21 de mayo al P. Giraud, cuyos proyectos conocemos, para preguntarle si existe una congregación que tiene este fin de reparación sacerdotal. Dehon se dirige a él porque sabe que éste había intentado, sin suceso, la fundación de un instituto de sacerdotes-víctimas en la esfera de influencia de La Salette.

 

La reparación sacerdotal

Además de los intercambios orales, una segunda carta que trata del tema llega el 25 de mayo de 1877. Es una respuesta a las preguntas formuladas por Dehon. Esta respuesta se apoya sobre las “impresiones y las luces” recibidas del cielo. Pronto hallaremos este rasgo, aún más definido, en otra religiosa, Sor Ignacia. Estamos en la época de las grandes apariciones de la Virgen en La Salette (1846), en Lourdes (1858), en Pontmain (1871). Pero en oposición a estas apariciones admitidas por la Iglesia, ¡cuántas otras han creído poder invocar estas “literaturas de apocalipsis” que cunden regularmente en las épocas de crisis y de incertidumbres!

Pero sigamos el hilo de esta carta:

 

“Como le he prometido, quiero comunicarle, tan claramente como Nuestro Señor me ha favorecido, las impresiones y luces recibidas ( y que se renuevan sin cesar ) sobre la grave e importante cuestión de la Reparación que el Sagrado Corazón parece pedir al sacerdote por las almas sacerdotales que no responden a la sublimidad y a la Santidad de su vocación. Usted sabe, mi Padre, que no obstante mis ingratitudes y mis resistencias a la gracia, Nuestro Señor se ha dignado servirse de mí para nuestra comunidad e indicarme la misión especial a la cual El ha querido llamarla”.

 

El texto de esta larga carta precisa y confirma de una manera perentoria:

 

“Es necesaria una Reparación sacerdotal para el sacerdocio, y es necesario que ella se manifieste sobre todo por una reforma en la que todos los que trabajen tomen parte en esta vida de Reparación, tanto con su vida interior como con sus obras”.

 

Y, para terminar, la superiora sugiere, con palabras apenas veladas, que el destinatario de la carta podría bien ser el hombre providencial de esta nueva obra:

 

“Esperamos, entonces, Mi Padre, que Nuestro Señor suscite en el momento querido al apóstol que El habrá elegido para esta misión tan difícil pero no imposible; el tiempo no puede estar lejano; yo lo creo y lo pido a su misericordia”.

 

Esta carta me parece decisiva para la última evolución del P. Dehon. Ella lo cuestiona en lo más íntimo de sí mismo; lo empuja en el esfuerzo final de hallar la solución de su problema personal. En este sentido la misiva teje el último eslabón que pone un plazo definitivo a la cuestión lacerante de la vida religiosa, con la sugerencia de una fundación en el lugar. Desde el 8 de junio, el P. Dehon ve a menudo a su obispo, de viaje a San Quintín. Sin que sepamos el tenor de su conversación podemos presumir que se trataba de proyectos y del porvenir de nuestro vicario. El mismo día, en efecto, escribe a la Madre Verónica Lioger, de la cual sabemos que había agrupado alrededor de ella a algunos sacerdotes que compartían su ideal, y le hace la misma pregunta que al P. Giraud sobre una eventual congregación de sacerdotes-víctimas.

No tenemos la respuesta a esta carta, pero ella debe haber sido insatisfactoria, porque el 22 de junio Dehon vuelve a la carga y renueva su pedido. El interés mayor de esta última carta está en otro lado. Ella testifica una evolución sensible de su autor en sólo tres semanas. En efecto, todo acontece como si el 22 de junio él hubiese consentido en el proyecto de la Madre Ulrich y hace suyo el voto de una congregación de sacerdotes-víctimas. Escribe a la Madre Verónica:

 

“Tengo gran interés en la sociedad de sacerdotes de la cual me habla. Nos parecía que Nuestro Señor nos pedía algo aquí. Esos Señores ¿ya están constituidos en congregación religiosa? ¿Cuál es su regla y cuáles son sus obras? He aquí dos preguntas de las cuales desearía ardientemente la respuesta.”

 

Señalo el cambio sutil en la carta del “yo“ al “nosotros” que, en este caso, no puede ser una fórmula de cortesía. Este “nosotros” sólo puede remitirnos a la fundadora de las Siervas y a él mismo: los dos se hallan comprometidos en este proyecto de sacerdotes-víctimas, persuadidos como están de que Nuestro Señor pide esta obra en San Quintín.

La respuesta de la Madre Verónica llega demasiado tarde para influir de algún modo sobre una decisión ya tomada. En efecto, el 25 de junio, Dehon tiene el acuerdo verbal de su obispo para fundar una sociedad de sacerdotes, al abrigo de un colegio católico, cuya necesidad y urgencia el vicario había visto, desde su llegada a San Quintín. El antiguo superior de la prestigiosa escuela de los Cartujos de Lyon, ahora obispo de Soissons, no podía sino consentir en la fundación de un colegio. Es decir, que el paso de Dehon es hábil, porque el colegio que un tal obispo no podía sino aprobar, tapa otra fundación en la cual -todo hace pensar- el obispo está menos interesado.

Si prestamos fe a las NHV, es el 27 de junio de 1877, cuando el P. Dehon toma la decisión clara de esta doble fundación.

 

Ambigüedades y cambios de perspectivas

No podemos dejar de preguntarnos por qué el Dehon entra tan fácil y tan rápidamente en los puntos de vistas de la Madre Ulrich. Porque nada hacía prever tal orientación. Si asume este proyecto hasta tomar la responsabilidad del mismo es porque se trata de una obra sacerdotal. Sabemos todo el interés que León, vuelto a Roma, pone en esta cuestión. La fundación del oratorio diocesano, en 1875, es una prueba manifiesta y como un test de ensayo. Obligado a quedar en San Quintín para la supervivencia de sus obras, ve en el proyecto de la fundadora de las Siervas una continuidad de sus propias miras. Mientras su proyecto colocaba el acento sobre la renovación intelectual de la formación sacerdotal para un mejor apostolado, la nueva perspectiva se concentra sobre la reparación y la santificación del clero. Dehon le explica a un antiguo colega de Roma, Enrique Bougouin, de la diócesis de Poitiers, el sentido de su fundación. Recibe una respuesta entusiasta que ubica la obra dehoniana en la continuidad de la Escuela francesa al servicio del sacerdocio:

 

“Vuestro fin es elevado, digno de ser patrocinado puesto que sirve para el honor de Jesús, Soberano Sacerdote, y el de nuestro sacerdocio. Usted retoma, para nuestro pobre siglo disminuido, el pensamiento de Olier, del P. de Condren y de la escuela para la santificación del clero y dona a su obra una forma especial con la reparación”.

 

Dehon está convencido de que así se inscribe en una tradición que trabaja en la consolidación del clero. Con relación a la primera expresión de su proyecto, piensa que hay cambios de perspectivas; no de objetivo. Ahora nada es menos evidente: lo que sigue lo demostrará.

Primero las ambigüedades con el obispo no son superadas. Este ha dado ciertamente su permiso para una sociedad de sacerdotes, pero ha prohibido propalar la noticia. Cuando en la Semana Religiosa de Soissons anuncia, el 11 de agosto de 1877, la fundación del Instituto de San Juan, en San Quintín, silencia totalmente el proyecto de fundación de una congregación religiosa. El objetivo del obispo continúa siendo la creación de un gran colegio con una sociedad de sacerdotes que aseguren su funcionamiento.

En su espíritu son sacerdotes que deben quedar al servicio de la diócesis, aunque tengan una regla de vida en común. En una carta del 5 de abril de 1880, que responde a los temores de Dehon con motivo de los recientes decretos de expulsión de los religiosos educadores, tomados bajo el mandato de Julio Ferry, el obispo tranquiliza al Superior de San Juan y, al mismo tiempo, revela su segunda intención:

 

“Ustedes no son aún una congregación. Ustedes son realmente una congregación en formación; un grupo de eclesiásticos y de laicos que el obispo de Soissons destina y prepara para ministerios especiales en su diócesis”.

 

Esta carta manifiesta más exactamente, me parece, la actitud de varios obispos de Soissons con el P. Dehon. No verán sino un instrumento al servicio de la diócesis y no aceptarán, sino constreñidos y forzados, la extensión de la congregación fuera de la diócesis, como tampoco su reconocimiento por Roma. Este malentendido inicial explica las dificultades ulteriores que recordaremos en su momento.

La fundadora de las Hermanas Siervas, se da cuenta de esta ambigüedad desde el comienzo. El 26 de junio, Dehon la pone al tanto del acuerdo tácito del obispo. El día siguiente, ella envía a su confesor una larga carta de cuatro páginas en la cual expresa su gran emoción al ver atendidos sus deseos. Pero está con ojo avizor; como por anticipado, ella contesta al obispo recordando las verdaderas prioridades. El colegio es el medio y no el fin en sí de la fundación. Lo esencial; es decir, la reparación sacerdotal, no debe, en ningún caso, supeditarse a las modalidades concretas de la fundación:

 

“La obra exterior que está llamada a hacer mucho bien -escribe la superiora- no debe sin embargo, ser un medio para llegar a esta obra interior de la Reparación sacerdotal querida por el Corazón de Jesús. Es necesario que haya Sacerdotes que quieran constituirse en víctimas por sus hermanos culpables. Es necesario que estos sacerdotes sean, al mismo tiempo, Apóstoles, arrastrando a sus hermanos a reformar todo lo que puede en ellos desagradar al Corazón del Divino Maestro e impedirles la Santidad. Es entonces la Reparación para el sacerdocio y por el sacerdocio y la santidad del alma sacerdotal como esta sociedad de Apóstoles Víctimas habrá de proponer. Las obras exteriores de la enseñanza no serán un impedimento cuando llegue el momento para la realización de esta obra.”

 

Llama la atención la firmeza de esta carta, por el tono conminatorio, hasta el punto que uno puede preguntarse cuál de los dos protagonistas es el verdadero director de conciencia. Leyendo la carta de la Madre Ulrich al P. Dehon -los archivos guardan unas doscientas- se mide el ascendiente que la fundadora había tomado sobre el capellán. Uno no se asombra más, en estas condiciones, de que ella haya podido rápidamente llevar a Dehon a identificarse con sus miras bien particulares. Por lo demás él es consciente de ello. En una carta tardía, del 20 de diciembre de 1924, nos la pinta con rasgos precisos y contrastados, lo que muestra que los ha conservado bien en su memoria:

 

“La fundadora tenía grandes virtudes, virtudes heroicas. Apenas podía ser dirigida, creyéndose dirigida por Nuestro Señor. Ella no escuchaba al confesor, predicaba también a los obispos. Mons. Deramecourt decía: “es una matriarca, esta querida Madre... Su fogosidad la llevaba más a dirigir que a dejarse dirigir”.

 

Semejante confidencia deja perplejo hasta el punto de preguntarse quién es el verdadero fundador que lleva adelante la idea fundadora, quién se sabe responsable. Cuando se reúnen los escritos de este período crucial, uno se da cuenta de que el contenido que Dehon dará a sus constituciones sobre la reparación y la inmolación viene exclusivamente de la Madre Ulrich y luego de la Hermana Ignacia. El modelo de sacerdote allí presentado; es decir virtuoso hasta la santidad; heroico, generoso en el sacrificio de sí mismo, en búsqueda de una perfección inalcanzable, corresponde, en lo esencial, al propuesto en los seminarios de la época. Sin embargo, es este modelo el que Dehon denuncia desde Roma, porque carece de equilibrio: se inscribe perfectamente en la continuidad monástica de la cual precisamente él quiere salir. Descuidando la formación intelectual, no puede formar a hombres que estén a igual altura de la sociedad que hay que evangelizar. Entonces, ¿el P. Dehon se ha engañado por falta de discernimiento?

Por lo menos él se empeña en una ambigüedad que ni sospecha y de la cual no puede medir las consecuencias que aparecerán progresivamente. Esta ambigüedad será una verdadera llaga en el costado de su congregación que, a merced de las circunstancias y de las evoluciones verá sacudido, de un lado y de otro, sin llegar al indispensable punto de equilibrio.

Por el momento, el P. Dehon entra en las miras de la superiora, de una manera un poco formal aún, porque él no conoce muy bien el conjunto de la doctrina espiritual. Conocerá progresivamente los elementos a través de las numerosas pláticas. Está muy solo en esta loca empresa, únicamente apoyado por algunos religiosos casi enclaustrados. Sus padres, de nuevo, no entienden esta elección y se inquietan por el futuro de su hijo. Del 16 al 31 de julio, se aparta, en casa de las Siervas, para redactar las primeras constituciones de las cuales sabemos poco.

 

La Institución San Juan

Por otro lado, con el mismo coraje y entusiasmo, se pone en búsqueda de un local para su futuro colegio. No se puede sino admirar el acto de fe de Dehon, quien funda, en 1877, un colegio católico. Después de las elecciones de 1876, los republicanos son mayoría en la cámara de diputados. Particularmente bajo la guía de Gambetta, quien el 4 de mayo de 1877 proclama, en la Asamblea nacional: “El clericalismo, ¡he aquí el enemigo!”, se desarrolla una política que busca apartar la Iglesia de la vida pública y de todas las instituciones sociales. El primer resultado serán los decretos de 1880 que prohiben la enseñanza a unas trescientas congregaciones.

Con la decisión, pues, de fundar un colegio -el único elemento conocido y público de su proyecto- Dehon va a sufrir de frente la guerra escolar y quedará separado de una parte de la población de San Quintín. Mientras la obra San José, de carácter social, hacía a la unión y confería a su director la estima y la alabanza, con la fundación de San Juan, Dehon se enemista con todos los republicanos laicos.

El 14 de julio adquiere una pequeña pensión de alumnos, la casa Lecompte, sobre todo con la ayuda de la fundadora. Helo, pues, al frente de una obra suplementaria que hay que crear por completo. El que se lamentaba de estar fatigado, ¿qué gana con sobrecargarse de esta manera? ¿Más agotamiento aún? Su salud desmejora y empezará a escupir sangre y habrá seria preocupación por su futuro. En efecto, trabaja durante todo el verano en este proyecto, con la ayuda de las religiosas, a fin de que, en octubre, la primera apertura de San Juan pueda tener lugar. El asegurará hasta 1893 la dirección de este establecimiento escolar que será un punto de referencia tanto para la ciudad de San Quintín como para la diócesis de Soissons. En él invertirá una parte de su fortuna personal. Por este hecho, el colegio llega a ser su propiedad personal, lo que le permitirá escapar a los rigores de las leyes sobre la interdicción de los miembros de congregaciones.

La institución San Juan representa, a los ojos del fundador de los dehonianos, la gracia de los comienzos. ¿No es “el primer hogar de la obra” según su expresión? Es el tiempo privilegiado de la acogida y de la disponibilidad, donde el futuro no se mide aún con alguna tradición o herencia más o menos pesada. Para el P. Dehon empieza aquí un nuevo tramo de su vida que es una partida absoluta: la puesta en marcha de una congregación religiosa de contornos aún imprecisos. Y cuando, en la noche del 29 de diciembre de 1881, a raíz de una imprudencia de un educador, una parte del edificio es presa de las llamas, el P. Dehon se vino abajo: es “la gran prueba”.

No obstante su agobio, ve allí una señal del cielo que le da fuerzas para empezar de nuevo.

 

“Creímos, en la sencillez de nuestra fe, poder considerar, como un signo providencial, el hecho señalado por todos, que las llamas se habían detenido delante de la estatua del Sagrado Corazón y habían respetado integralmente la bovedilla que la protegía”.

 

Ya he señalado que el P. Dehon está solo para comenzar su aventura, pero sabe que puede contar con el apoyo total, también material y financiero, de la comunidad de las Siervas del Sagrado Corazón a la que empieza a llamar “nuestras hermanas”. Hasta el punto de que podemos preguntarnos si hubiera podido emprender semejante obra sin su apoyo. La respuesta para el fundador es clara. Meditando, algunos años más tarde, el misterio de la Visitación, compara la presencia de las hermanas a su lado con la mediación de la Virgen. Escuchemos este asombroso paralelo:

 

“Omnia per Mariam, todo nos viene por medio de María. Este misterio de la Providencia se realiza de una manera especial para nosotros, en nuestra obra. Nuestras hermanas por sus oraciones, por sus sacrificios y también por sus consejos son los instrumentos de todos los proyectos de la obra. Esta fe especial es una condición de conservación y de adelanto”.

 

León Dehon está, pues, solo para empezar, el 31 de julio de 1877, su noviciado. Toma como nombre de religión Juan del Corazón de Jesús. No tiene otro maestro de novicios que el mismo Cristo, nos dice. Pero con mirada retrospectiva podemos añadir “y la Madre Ulrich”, de la cual sabemos ahora el rol determinante que jugó en el hecho de la fundación y en la orientación espiritual. El mismo lo reconoce. De este primer año dice:

 

“Era sobre todo con mis pláticas con nuestras buenas Hermanas que vivía el espíritu de la obra. A menudo iba, no obstante mis ocupaciones, a rezarles la misa. Era su confesor y su director; les dictaba conferencias. Conversaba a menudo con la ‘Querida Madre’. Nuestros pensamientos sobre la obra eran los mismos. Es así como me anclé más y más en mis resoluciones y en mi confianza en la voluntad de Dios para la fundación de la Obra.”

 

La situación es suficientemente insólita y merece ser subrayada: para Benito, Francisco, Domingo, Ignacio, Alfonso de Ligorio y muchos otros más, primero hay colaboradores o discípulos; en segundo tiempo, la fundación se da una estructura. Tal proceso se invierte con Dehon; los discípulos vendrán ulteriormente. Por otro lado, no es raro hallar en la historia de la Iglesia situaciones similares a la del P. Dehon y a la de la Madre Ulrich. Algunas mujeres jugarán un papel no desdeñable al lado de los fundadores; así Escolástica con Benito, Clara con Francisco, Juana de Chantal con Francisco de Sales. Nada sorprendente, pues, a condición de acertar bien los roles y las influencias de cada uno.

La congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón ha nacido pues de un triple encuentro: el P. Dehon, la Madre Ulrich y Mons. Thibaudier. Cada uno aporta un proyecto y estos tres proyectos se cruzan, en 1877, en San Quintín, sin especial coherencia en un primer momento: el deseo dehoniano de un sacerdocio consagrado en la vida religiosa, la perspectiva de una congregación de sacerdotes-víctimas y, en fin, el deseo episcopal de un colegio católico. El P. Dehon asume, con la generosidad que le es conocida, sin buscar unificar estas perspectivas que llegan de horizontes diferentes pero que se mezclan, sin embargo, en el sacerdocio. Cada proyecto define, de una u otra manera, una relación con el sacerdote. Hay un hilo que corre entre los tres proyectos y que circula entre ellos. Y, a mi parecer, es la razón por la cual Dehon se compromete decididamente. Dehon está convencido de que podrá unificar espiritualmente estas perspectivas diferentes, cuyas divergencias él no mide. Una nota del 16 de febrero de 1886, así lo muestra:

 

“Sacerdote del Sagrado Corazón, sacerdote-víctima, verdadero sacerdote, es una sola cosa. Esto hay que hacer. Es la gracia que hay que conseguir para todo mi mundo

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